La bóveda de las heridas
En una vieja cuna blanca, repintada por estas manos que te escriben y te extrañan, duerme una pequeña, pero gran, parte de mí. Entre flores lilas de dos dimensiones, que compré en uno de esos negocios hippies de la generación z, y abejas colgantes y amorfas que, casualmente, me regaló mi mamá, y que vuelan y cuidan su intrigante sueño, llenas de miel. No tienes ni la menor idea de lo que estoy sintiendo, lo sé. Te escribo, y te pido perdón por eso, porque he recordado una conversación que tuvimos a los nueve años en el parque de la parroquia del colegio. Éramos dos niños y solo un verano, jugando a ser inocentes y atrapando abejas con las manos. ¿Sabes por qué nunca nos picaron? Porque no sabíamos que podían hacerlo y ellas simplemente se apiadaron, y así vivíamos la vida, como si la hubiéramos comprado. Esta pequeña, pero inconmensurable parte de mí, por ejemplo, aún no sabe lo que es conocer personas como tú y ese es uno de mis mayores miedos, que no aprenda a medir el peligro q...